18.5.13

La angustia de los refugiados de Bhután.

Os traduzco un texto de Kiran Pun, las fotos son suyas también, publicado el 10 de mayo en The Week, Katmandú:.
"A veces me pregunto qué sentiría al ver las caras de mis padres, incluso si se trata al precio de perder la vida", dice Hast Bahadur Rai, de 44 años, refugiado de Bhután en Nepal. Rai tuvo que huir del país con su esposa e hijos. Pero sus padres no lo hicieron, ya que vivían en un pueblo que no fue afectado por el conflicto, al sur de Bhután. "Algún día, espero ser capaz de ver sus rostros. Rezo por ello y sueño con eso ", dice Rai. Intenta seguir pero las palabras le fallan. Sus amigos y familiares, todos refugiados cuyos seres queridos quedaron atrás, comparten los mismos sentimientos: Es evidente por sus ojos y expresiones.

Uno no puede imaginar los horrores que estas personas pasaron. Sus expresiones tristes y ausentes hablan por sí mismas. Reunidos fuera de una chabola que parece que puede derrumbarse con una leve ráfaga de viento, estos refugiados luchan por restaurar cierta normalidad en sus vidas, tratando de disfrutar de la compañía.

Pero los temores y recuerdos reprimidos resurgen, y cuando la esperanza viene en altibajos y es efímera, no hay mucho que pueden hacer para seguir estando positivos y fuertes y seguir fingiendo que todo sigue bien.

Actualmente vive Rai en una pequeña choza decrépita en Beldangi-2, un campo de refugiados de Jhapa, el distrito oriental de Nepal, con diez familiares. Dos de sus hijas se han ido a los Estados Unidos, y algunos familiares y vecinos han emigrado a Canadá, EE.UU. y Australia, mientras que muchos otros están en proceso de reasentamiento en otros países.

En 2007, el gobierno de Nepal aceptó la opción de emigrar a terceros países para estos refugiados. La propuesta fue muy contestada, pero algunas familias optaron por el reasentamiento en los EE.UU., Australia y Nueva Zelanda, creyendo que era mejor que vivir en campos de refugiados el resto de sus vidas.

En los campos de refugiados, sin embargo, la gente sigue dividida sobre el tema. Algunos tienen serias objeciones y reclaman que el reasentamiento en terceros países no es una solución, ya que les priva de su derecho a regresar a su patria, Bután.

"O vuelvo a mi patria, o me muero aquí, refugiado en Nepal", dice Punyatmana Adhikari, de 40 años, maestra en el campo de refugiados Beldangi. Le amarga la solución de marchar a un tercer país y siente que aquellos que optaron por esto renunciaron a su identidad.

A veces, incluso Rai está desalentado porque miembros de su familia y amigos están dispersos por todo el mundo. Se pregunta si alguna vez podrán estar juntos.

Además, no es muy optimista en poder regresar a su tierra natal, las numerosas rondas de conversaciones entre los Gobiernos de Nepal y Bhután sobre el derecho a volver a su país de los refugiados butaneses  no han dado resultados.

Rai vivía en Sarpang en Bhután y llegó a Nepal en 1991. Entró en Nepal por Mai Khola en Jhapa. Rai recuerda dejar Bhutan de repente, sin poder coger absolutamente nada.

Ya en 1991, algunos se tuvieron que marchar sin poder hacer las maletas, sólo con lo puesto cuando huyeron de su casa. Algunos estaban a mitad de su comida y salieron a la carrera. Su ganado quedó atrás, atado en su cobertizo.

"Algunas madres se equivocaron y agarraron almohadas en lugar de sus bebés. Se fueron con tanta prisa y en estado de pánico que no se dieron cuenta que no era sus hijos hasta la hora de amamantarlos ", dice Adhikari. "Nuestras casas fueron quemadas tan pronto como salimos por la puerta. Por suerte nos largamos aunque fue a toda prisa " añade, y el recuerdo le hace estremecerse incluso después de todos estos años.

Las situaciones en Bhután habían ido empeorado en aquellos años. Muchas mujeres fueron violadas. Muchas personas fueron matadas sin motivo, y aún más personas fueron encarceladas sin explicaciones plausibles. Muchos fueron obligados a firmar los formularios de "migración voluntaria". Las detenciones masivas, arrestos, violaciones, y torturas metieron mucho miedo en la gente.

"El gobierno bhutanés nos amenazó una y otra vez. Se burlaban, nos ridiculizaban y decían: volved a vuestra tierra. Muchos funcionarios se burlaban de nosotros y decían que Girija Prasad Koirala (el entonces Primer Ministro de Nepal) había construido casas de mármol para nosotros ", dice Rai, recordando esos días en Bhután cuando la inseguridad y el peligro acechaban por donde fueran.

En 1991, miles habían empezado a huir de Nepal a través de India. El riesgo y la incertidumbre eran demasiado para poder soportarlos. Unos 100.000 abandonaron Bután en un año, abruptamente, como Rai y Adhikari.

"Después, los pueblos quedaron sin vida. Parecía que no había ni siquiera pájaros y animales. Me dio mucho miedo la idea de quedarme solo y morir. Además, si me pasara algo, ¿qué sería de mi familia si no había nadie alrededor? ", dice Om Nath Dhungana, de 69 años, que se marchó con su hija discapacitada.

Dhungana también recuerda la situación grave y lamentable en las fronteras indias. Largas filas de coches y autobuses aumentaban el caos. Dhungana y su hija tomaron un autobús desde esta frontera hasta Jhapa en Nepal. "Incluso el viaje estuvo lleno de momentos terribles. Una mujer embarazada perdió a su bebé durante el viaje ", dice.
(Yashoda Khanal, monitora de tiempo libre para los niños refugiados)


Los refugiados butaneses son descendientes de los migrantes nepaleses que se asentaron en el sur de Bhután desde finales de 1890. En 1958 el gobierno butanés aprobó una ley que concedía a estas personas el derecho a la ciudadanía de Bhután. Entre 1958 y 1985, el gobierno introdujo programas de integración, incluso promoviendo matrimonios mixtos entre ellos y otros grupos étnicos.

En 1988, sin embargo, se introdujo una nueva ley. Exigía que cada ciudadano presentara un recibo de un impuesto sobre la posesión de tierras de 1958. Después de esto, hubo gente reclasificada como "inmigrantes ilegales" incluso aquellos que presentaron el susodicho recibo de 1958.

Con el tiempo, el idioma nepalés fue retirado del temario de la escuela y se impuso para toda la población el vestido nacional del norte. El sur de Bhután se resistió a esta política, todavía había un fuerte apego a su patrimonio cultural nepalí. Hubo manifestaciones y el gobierno comenzó a tomar medidas enérgicas contra los que eran considerados "anti-nacionales" del sur de Bután.

El conflicto comenzó y no ha parado desde entonces. Según Adhikari, lo que inicialmente comenzó como un conflicto entre el gobierno y la comunidad nepalesa más tarde fue interpretado como un enfrentamiento entre las comunidades de Bhután y Nepal.

"En realidad, el movimiento era una lucha de clases. Se presentó como un conflicto entre dos comunidades. El gobierno butanés trató de suprimir la comunidad nepalesa con ayuda del ejército indio. Muchos de nosotros elegimos venir a Nepal ya que no podíamos luchar contra tanta opresión ", dice Adhikari.

 (Durga Khanal)

Sin identidad permanente ni hogar, los refugiados se encuentran en un dilema en Nepal. El no tener un lugar que puedan considerar su casa hace que su futuro sea sombrío. La solución de un tercer país no parece ser una solución viable para la mayoría, ya que sienten que nunca se le otorgarán los derechos de los demás. "Nuestro país no nos permite volver y tampoco pertenecemos del todo a otro lugar", dice Dhungana, ante la ironía de que allá dónde vayan siempre serán extraños.

Los refugiados están también preocupados por sus hijos que nacen en los campos de refugiados."Tengo dos hijos. Su futuro me preocupa. Toda madre quiere que sus hijos tengan un futuro brillante. Pero sin tierra que considerar tu casa, no creo que mis hijos nunca estén seguros", dice Adhikari. A pesar de que optar por la migración es una opción un tanto desesperada para los refugiados, según Adhikari, muchos lo hacen por sus hijos.


Bishnua Maya
Khanal, madre de Yashoda Khanal de 18 años, dice que ha estudiado asentarse en un tercer país seriamente por el bien de su hija. "He perdido toda esperanza de volver a Bhután, y como yo he vivido más de la mitad de mi vida ya, estoy pensando en conseguir instalarnos en los Estados Unidos sólo por el bien de Yashoda. Por lo menos, tendrá la oportunidad de un digno futuro", dice la madre traumatizada con lágrimas en los ojos, el Saraswati Pradhan y Durga Khanal, madres de niños pequeños, asienten su consentimiento.

Hay muchos otros como ellos que han perdido toda esperanza de poder regresar a Bhután y están optando por irse a un tercer país para que sus hijos estén a salvo de la incertidumbre y tengan un sentimiento de pertenencia. 

Pero la migración es complicada para gente como Durga Khanal. Ella nació en la India y se casó con un refugiado en Beldangi. Su marido murió hace seis meses, tienen dos hijos. Lo sorprendente es que sus suegros ya se han ido a los Estados Unidos."Nunca he estado en Bhután y dudo que se me permitiera ir allí. Pero sin un pasaporte, no podemos salir. No sé qué hacer", dice Durga. 

En condiciones lamentables, es sorprendente cómo estos refugiados logran vivir en los campos de refugiados y sacar el máximo provecho de lo poco que tienen. Tal vez sea la esperanza que algún día serán capaces de volver a Bután lo que les da fuerzas.

Pero la vida en los campamentos de refugiados no es fácil, tampoco. Según los refugiados, está llena de obstáculos y dificultades. Se enfrentan a la discriminación y el ostracismo casi en todas partes. La espera interminable para volver a su patria parece haber hecho mella en todos y cada uno de ellos, que a veces parecen muy esperanzados, y el siguiente minuto pierden toda esperanza. "Hemos esperado 20 años. Toda una vida. No creo que consigamos volver. Ni siquiera si hay un Rey gobernante diferente", dice Khagendra Ghimire, de 38 años. Su queja principal es que los buenos empleos son difíciles de encontrar si no tienes papeles. Si encuentran trabajo son mal pagados.


La generación más joven, al parecer, está más frustrada y carece de la confianza que se le supone.


"Los refugiados no deberíamos tener sueños y aspiraciones. Mejor reprimir nuestros deseo y necesidad de un buen futuro. No tiene sentido desear, ni esperar ", dice Yashoda. 
Incluso en un escenario tan triste, muchos refugiados siguen teniendo la esperanza de poder regresar a su patria. Sólo entonces terminarán sus problemas. Con esta esperanza, muchos han hecho un llamamiento a las comunidades internacionales para instar al Gobierno de Bhután a dejarles regresar."Si la comunidad internacional ejercer presión sobre el Gobierno de Bhután, entonces seguramente se nos permitirá volver a nuestro país", dijo Ghimire.

Mientras tanto, unos 80.000 refugiados butaneses de origen nepalí en Nepal ya se han ido a Australia, EE.UU. y Canadá. Los 13.000 que proximadamente aún quedan en el campamento de Beldangi están en proceso de salir, pero todavía tienen dudas al respecto. La idea de mudarse a un lugar desconocido les hace temblar.. Pero ya que es todo lo que tienen, se aferran a ella con la esperanza que será para mejor."Bhután es nuestra patria, y en Nepal estamos al menos familiarizados con la cultura y el sistema. El ir a los Estados Unidos o Canadá es como meterse en lo desconocido. Creo que va a ser difícil integrarnos", dice Gopi Krishna Kafle, de 55 años.
"Estoy desesperado por ver a mis padres de nuevo en Bhután. Pero también quiero que mi familia lleve una vida normal. Si el reasentamiento es la única opción, creo que tengo que hacerlo por mi familia ", dice Rai.


Mientras tanto, días de angustia esperan en los campos de refugiados butaneses en Beldangi, Nepal.