10.12.11

karma

Lakhvinder baja los ojos cuando el visitante le pregunta si los viejos mendigos del portal viven allí. Él responde que no son mendigos y rápidamente pregunat al visitante si le gusta el apartamento. Acaba de construir una casita encima de la suya y quiere alquilarla para redondear su sueñdo.   El coste de la vida aumenta cada día en Delhi, así como los intereses del crédito que hubo que pedir para pagarle la universidad al hijo, en  Australia. Cuando vuelva, el apartamento será para él
.
El apartamento, nuevo y limpio, le interesa al visitante. Está en un barrio tranquilo, Amar Colony, en Lajpat Nagar, al centro de Delhi. Verifica donde está el botón pani-ka-motor (motor de la bomba para llenar de agua la cisterna del tejado), comienza a negociar el alquiler. Llegan a un acuerdo en 10 000 Rupis unos 160 € al mes.
Al salir, el futuro alquilino no puede evitar la mirada penetrante de la viejita de cabellos espesos y trenzados.  Sus ojos son de un azul tan vivo que parecería que la mujer esté colocada de brown sugar, la heroina de los pobres. Él no sabe como leer esa mirada, mezcla de cólera, locura, y llamada a la compasión.  Ella se mueve inesperadamente hacia él, y ella está doblada, como partida en dos. Su esposo sentado sobre la misma cama de madera tiene manos rugosas y fuertes, la mirada perdida, ausente.


Desde su balcón del 2º piso, Lakhvinder observa la escena.  Se avergüenza pensando que esos dos viejos, dueños del edificio, sean tan ignorados y dejados por sus hijos que la gente les confunde con vagabundos. Lakhviner y sus dos hermanos se han repartido el inmueble, un piso cada uno, y a sus padres no les han dejado más que un cuartucho oscuro con un grifo. Ellos que consiguieron la parcela por su estatus de refugiados. Su religión es la sikh, y tuvieron que abandonar su tierra en el Punjab occidental al caer  este en la zona de Paquistán cuando India se partió en dos en 1948.

La mayoría de refugiados de Amar Colony ya han fallecido tras pasar aquí toda su vida. Sacaron adelante pequeñas tiendas, día a día, y con sus beneficios tiraron las barracas que les dio el gobierno y construyeron edificios de dos pisos. Son ahora sus hijos los que acogen a los nuevos migrantes en Delhi: cachemiros, paquistanís, refugiados afganos... algún africano y trabajadores o estudiantes occidentales. Pero no lo hacen por simpatía, simplemente es por la pasta.

Los hijos de exiliados no se sienten exiliados porque han nacido y crecido en Amar Colony. Su problema no es el exilio sino el desarraigo. Sus padres le han dado una casa aquí pero una memoria de su pueblo en el Punjab, y la tragedia de la partición, brutal, innombrable.

Lakhvinder  y su mujer, son propietarios y viven bien, como tantos en su barrio. Su único arraigo son sus bienes materiales. Sólo conocen la parte india del Punjab y el templo de oro de Amritsar. Sí, les queda la religión sikh, el lenguaje panjabí, pero su cultura se basa en la desconfianza del otro, el extranjero, el intruso. El dinero tapa su miseria cultural, identitaria.

La mujer de Lakhvinder se muerde los labios al enterarse del precio del alquiler. "Pero ¡ tardaremos años en rentabilizar lo que gastamos !". Él piensa: "Pero si lo hemos hecho todo con materiales de 2ª mano".pero está cansado de discutir. Prefiere recordar que con el alquiler podrán comprarse un aire acondicionado. Ella dice que no quiere ni ventiladores.

Lakhvinder ya no insiste, piensa que ella se ha convertido en una bruja y ya no se ocupa de sus suegros. Se niega a cocinar para ellos, dice que lo  tiene que repartir con sus 2 cuñados que no hacen nada. Uno ausente y el otro un perezoso (y soltero, no tiene una mujer a la que hacer cargo de sus deberes como hijo). A Lakhvinder le parece fatal pero no hace nada.

Aunque ahora sus 2 hijos son mayores y una mujer malpagada les limpia la casa. Por la mañana, vendedores con carrito les acercan la compra a casa. Pero ella no baja a escogerlas, tira una cuerda con un capazo para que se las echen. Pasa sus días viendo teleseries de Ekta Kapoor, en las que chicas inocentes son puteadas por sus suegras. ¿ Se conmueve con estas escenas mientras ignora a su suegra anciana ? ¿ O es que esta la puteó tanto de joven que ya no siente remordimientos ?


La pareja de ancianos viven del cariño de algún vecino y la caridad del templo hindú de la esquina, el de Raghunath. A ciertas horas el padre se acerca arrastrando los pies y se pone a la cola con mendigos y tullidos para coger su ración de arroz y lentejas La madre tiene el cuerpo doblado y sólo va cuando el viejo está enfermo. Tarda media hora en cruzar la calle y descruzar. Pero, al menos le dejan ser la primera en la cola. 

Ella barre cada día delante de la puerta, apoyada en un palo de bambú. Después se instalan sobre los tablones de madera, a ver pasar el día. Por la mañana ven a los que lavan coches y las chicas que limpian en las casas y lavan ropa en la fuente, luego los fruteros, los vendedores de kulfi y otros dulces que hacen sonar una campanilla para atraer a los niños. Las mujeres que se asoman a la ventana y pocas veces salen, los cortejos de boda o funerarios que se turnan en el templo...

A ella se le alegran los ojos con la chiquillería del barrio, se sabe todos sus nombres y se comunica fácilmente con ellos aunque casi no puede hablar. Su lenguaje se escapa a las normas de la sociedad educada, que no supo hacerse cargo de ella.

Lakhvinder pasa delante de ellos a diario para ir al trabajo. Primero se avergüenza pero entonces se tranquiliza pensando que la culpa es de su mujer y sus hermanos. Los días pasan monótonos, Lakhvinder y su mujer casaron hace un año a su hija mayor con un ingeniero de Bangalore, así que vive lejos. Ellos esperan que su hijo vuelva de Australia y se preguntan como le encontrarán esposa si no conocen a demasiada gente. Muchos vecinos les evitan porque no les gusta como tratan a sus padres.

Pero no pasa nada, esperan a que su hijo vuelva y consiga un sueldazo con su título internacional.

Un día al volver del laburo, Lakhvinder se encuentra a su mujer conmovida como nunca la había visto. Le enseña una carta de Australia. Su hijo cuenta que se va a casar con una mujer australiana y que se queda definitivamente. No vuelve a India. Ni siquiera habla de invitarles a la boda.

Les invita a olvidarle.                                                           (aquí el original, en francés)

2 comentarios:

Neogeminis dijo...

Una historia tristisima. Bien merece ser contada en cine, pro ejemplo. Lástima que esté -supongo- inspirada en una realidad que quizás sea mucho más común de lo que uno imagina.
Muy triste.
Si la ley del karma existe, bien merecen el mal que les tocará.


Un abrazo.
P.d
las fotos son más que elocuentes y conmovedoras.

Carolina dijo...

Todo lo que hagamos a otros (sea bueno o malo) nos regresará. Es una historia muy triste pero cierta el karma existe y uno cosecha lo que siembra, tal y como sucedió con este hijo que descuidó a sus padres y su hijo lo descuidó a él en su vejez.