11.4.11

sexo en el infierno


(foto 2009 by mammarazzi)
corto y pego un artículo de zigor aldama publicado hoy en un periódico de Valencia:

El 'barrio rojo' de Calcuta no invita a practicar sexo. Las infraviviendas de ladrillo y hormigón desnudo dibujan un laberinto de estrechas callejuelas por las que discurren aguas fétidas infestadas de ratas que se electrocutan al morder el cableado eléctrico. Las habitaciones en las que prestan sus servicios las prostitutas no están en mejores condiciones: camastros desastrados, sábanas raídas, y techos que amenazan ruina a poco que se viva un poco de desenfreno en la habitación. Por si fuera poco, al acecho están todas las enfermedades de transmisión sexual del vademécum médico, y cerca se encuentra el centro para moribundos que fundó la Madre Teresa en 1952, y que quizá sea una de las mayores muestras de la desesperanza humana.
Pero no faltan los clientes en Kalighat. Aunque su presencia es notable durante todo el día, la mayor afluencia se da poco antes de que caiga el sol. Es entonces cuando hombres de todas las clases sociales se acercan a los chiringuitos que venden licor fuerte y barato. Es la vía más rápida para despojarse de cualquier mecanismo de freno, social o religioso. Con la libido a punto y el alcohol cumpliendo su labor de liberación, comienza el zafarrancho de combate. Regateo, sexo rápido, pago, y vuelta a empezar. Los gritos alertan de peleas y abusos que alteran los factores de esta ecuación, pero nadie hace caso. Es lo normal en estas dos calles en las que residen 20.000 personas y en las que al menos 900 viven de la venta de sexo.
En toda Calcuta, una caótica megaciudad de 15 millones de habitantes, la tercera más populosa de India y la octava del mundo, diferentes ONG estiman que se prostituyen unas 100.000 mujeres, de las que un 40% no ha alcanzado los 18 años. No obstante, y aunque es cierto que muchos de los hijos de las trabajadoras sexuales están presentes o revolotean por la zona durante la prestación de sus servicios, este periodista no ha encontrado ningún caso de menores prostituidas en Kalighat. La razón, según Urmi Basu, directora de la ONG New Light, es que, a pesar de que parece un sarcasmo, «las condiciones han mejorado mucho en los últimos años».
Lo afirma Usamila Chowdhuy, que lleva casi un cuarto de siglo ejerciendo en Kalighat la profesión. Ella no tuvo opción, y a los 14 perdió la virginidad con un cliente. «Era algo habitual en la zona, porque por una virgen siempre se pagaba más», recuerda. «Pero ahora hay organizaciones que trabajan por nosotros y presionan a los gobernantes, así que los niños tienen más oportunidades», cuenta sentada en la cama sobre la que acaba de despachar a un cuarentón que ha salido tambaleándose.
Con suerte, Chowdhuy atiende a 5 ó 6 hombres al día. Por regla general, no suele pasar de dos. Y siempre antes del día 20 de cada mes. A partir de ahí las visitas desaparecen. «Mis clientes son pobres, y suelen quedarse sin dinero para entonces. Solo los ricos siguen utilizando a prostitutas a finales de mes, y se van con las jóvenes». Chowdhuy es consciente de que ella ya no es atractiva, y por eso baja sus precios cada año.
Cobra unas 50 rupias (menos de un euro) por cada cliente. Al final de mes suma 2.000 rupias (36 euros), una suma insuficiente para proporcionar un futuro a sus dos retoños. Además, a veces los clientes le pegan y no pagan. Sin embargo, se opone de forma radical a seguir los pasos de algunas compañeras, que, para mantener sus ingresos, aceptan prácticas que antes rechazarían. «Nada de sexo anal o cosas raras, y siempre exijo que usen condón». Así ha conseguido mantenerse «limpia».
A pesar de todo, el sida se propaga con rapidez por Calcuta. La falta de formación y de recursos son los mejores aliados de la enfermedad. Y el Gobierno actúa con lentitud. Se ha tardado una eternidad en conseguir que cualquier hospital ofrezca la prueba del VIH de forma gratuita, y todavía solo uno ofrece tratamiento gratis contra el sida, pero con condiciones. «La enfermedad tiene que estar avanzada y, en esa situación, la medicación provoca tales reacciones adversas que muchos mueren debido a los fármacos», explica Basu. Además, el estigma que provoca el sida hace que muchos prefieran no someterse al test. «En esta sociedad, es peor ser sidoso que intocable», apunta Mari Carmen Sanz, cooperante de New Light.
El virus es el mayor temor de Sunita Dey, una joven nepalesa que tiene ahora 29 años y tres hijos. Hace tiempo que perdió la esperanza de que ellos puedan disfrutar de una vida mejor y eso se hace patente en su mirada, que se pierde en el infinito con facilidad. Como muchas otras mujeres de Kalighat, fue forzada a dejar Nepal cuando contaba solo 12 años. La vendieron sus progenitores porque no podían hacerse cargo de ella, la sexta descendiente de una familia de agricultores.
A los 15, Dey dio a luz por primera vez. Poco después mataron a su marido, un hombre de la provincia más pobre de India, y quizá del planeta: Bihar. Ahora, para pagar las facturas vive con otro hombre que bebe bastante más que demasiado y que nos echa a empujones del callejón en el que hemos hablado con Dey. No somos bienvenidos, y se acerca la noche. «Es peligroso», nos avisan trabajadores de New Light. «La gente no quiere que las historias de estas mujeres salgan a la luz».
Rapto y violación
Sin duda, su existencia discurre en la sombra que proyectan cuatro paredes. Aquí se las despoja del poco valor que la sociedad hindú concede a las mujeres. Buen ejemplo es Seema Dao, otra nepalesa que acabó en las callejuelas de Kalighat después de que la raptaran y la violaran cuando tenía 16 años. La llevó hasta Calcuta una de las muchas mafias que se encargan de que el flujo de nepalesas no disminuya en la industria del sexo india, donde su tez clara se cotiza alto. Uno de los malhechores incluso se casó con ella sin darle, obviamente, opción alguna.
Un cáncer de garganta se lo llevó por delante dos años después, y complicó la vida de Dao. Era demasiado tarde para buscar una vida alternativa. «No tengo nada ni a nadie en Nepal. Después de lo que me ha pasado, no podría volver. Nadie me miraría a la cara». Ahora, además, tiene que cuidar de un pequeño de tres años que chapotea entre la mugre. New Light lo acoge durante la noche para que ella pueda trabajar sin preocupaciones añadidas. En el centro de la ONG se reúnen decenas de niños como el hijo de Dao. «No solo les damos cobijo, también les proporcionamos educación y comida. No podemos romper el vínculo que existe entre ellos y sus padres, pero tratamos de que estén preparados para abandonar estas calles», comenta Urmi Basu. Para que la historia no se repita.
Esa es la esperanza que nunca muere en Kalighat: escapar del laberinto de miseria para abrazar el espectacular crecimiento económico que esgrimen los políticos indios para ganar votos. Pero mucho tendrán que aumentar las 1.200 rupias (unos 22 euros) al mes que gana últimamente Dao para que ese sueño se materialice. Sin duda, la realidad en India es más terca que en ningún otro lugar. Por eso, los habitantes del 'barrio rojo' han aprendido a resignarse y a convivir con ella con una sonrisa que pone los pelos de punta.

1 comentario:

Neogeminis dijo...

Estremecedor testimonio. Duele leerlo.

Un abrazo