21.7.13

Testimonio. Migrar a la ciudad no es la solución.

Del boletín de la FVF, sin firmar, la foto de Albert Uriach, campo de mangos jóvenes.

Prasad Thangime tuvo que abandonar la tierra donde cultivaba cacahuetes porque no tenía agua. “Ni siquiera teníamos trabajo como jornaleros en otros campos”, asegura el agricultor. Un día se enteró de la posibilidad de encontrar trabajo en la ciudad. “Primero se marcharon dos campesinos a Bangalore para probar suerte y el resto les seguimos cuando fueron contratados como albañiles”, relata.  Fue así como en 2001 el pueblo de Yerronipalli, en el distrito de Anantapur, conoció de cerca los problemas de la migración. De las 137 familias que lo habitan, 20 tuvieron que abandonar sus tierras y marcharse a la ciudad en busca de un futuro mejor y la mayoría de los que se quedaban tenían que realizar migraciones temporales, trasladándose a otros pueblos durante varios meses. Dos años después, la Fundación Vicente Ferrer (FVF) puso en marcha diferentes proyectos de ecología que proporcionaron las herramientas y condiciones necesarias para permitir el regreso de los campesinos a sus casas.

Prasad trabajaba en Bangalore como albañil y ganaba 100 rupias (1,30 euros) al día, un dinero que enviaba a su familia y que le obligaba a vivir en una tienda de campaña. Jamás pensó que podría regresar a su casa, y menos que cultivaría mango, un árbol que requiere el agua de la que él no disponía. Para que esto fuera una realidad, la FVF construyó un muro de contención, creando así un pequeño embalse para almacenar el agua de lluvia y abastecer con ella 80 hectáreas de tierra donde se cultivan verduras, cacahuetes y frutas. “Antes teníamos que buscar agua a 25 metros bajo tierra, pero gracias al embalse natural llegamos a encontrar agua a sólo seis metros de profundidad”, explica Neyia Reddy, técnico del sector de ecología de Bathalapalli. Cada uno de los campesinos aportó 9.000 rupias (117 euros) para la construcción del embalse. Además, gracias a la reforestación de unas 182 hectáreas de tierra de árboles frutales y plantas resistentes al clima semidesértico, el pueblo ha pasado de tener del 5 al 12% de vegetación, lo que atrae la lluvia.

Desde que Prasad inició el cultivo de mangos en su campo, gana 10.000 rupias (130 euros) cada año vendiéndolos. Además, suma ingresos con el cultivo de cacahuetes y otras actividades ganaderas. “Ahora gano un dinero que me permite cuidar de mi familia y vivir de manera digna de nuevo”, asegura. Hasta la fecha, la FVF ha plantado 1.000 árboles de mango para proporcionar una fuente de ingresos a los campesinos. “Elegimos este árbol porque sólo necesita ser regado una vez a la semana y permite obtener frutos durante setenta años”, explica Reddy. Además, en 2008 la FVF instaló seis placas solares que optimizan el uso del agua para el cultivo del mango mediante el sistema de riego por goteo gracias al cual los campesinos pueden llegar a recoger hasta 7.000 kilos de fruta al año.

Leche, cocina y abono
Veranarappa y Adilakshmi son un matrimonio que también tuvo que migrar a la ciudad por culpa de la sequía. “No conseguíamos ahorrar porque todo el dinero que ganábamos como albañiles lo destinábamos a comprar comida. Llegamos a pensar que nunca volveríamos a casa”, comenta Veranarappa. Sin embargo, este matrimonio vive ahora con el dinero que ganan vendiendo la leche de dos vacas que les entregó la FVF. “Cada día ordeñamos 18 litros de leche con la que ahorramos hasta 7.800 rupias (101 euros) al mes”, explica Adilakshmi. La venta de leche les permitió además saldar una deuda con los terratenientes del pueblo, a los que tuvieron que pedir 2.000 rupias (26 euros) para costearse el viaje a la ciudad. En total, la FVF repartió 65 vacas y 70 búfalas lecheras entre los vecinos de Yerronipalli. De este modo, se consiguieron diversificar las fuentes de ingresos de su población.

Del ganado se aprovecha todo: los excrementos de los animales sirven de abono para la tierra y al mismo tiempo como fuente de energía renovable. Ahora 34 familias tienen cocinas de biogás. El resto tienen cocinas sin humo para evitar que las mujeres se intoxiquen al quemar la leña dentro de sus casas. “El humo me provocaba picor de ojos y problemas respiratorios. Ahora me encuentro mejor y además tardo la mitad de tiempo en preparar la comida”, explica Rathnamma, una de las campesinas beneficiadas. Ni ella ni el resto de sus vecinos imaginaron el cambio de 180 grados que darían sus vidas en tan pocos años, en los que su pueblo, condenado a la sequía, ha florecido de nuevo, y con él la vida de los campesinos que nunca más han vuelto a migrar.