3.6.13

Trabajo infantil, infancia robada.

Os dejo un interesante artículo sobre trabajo infantil:

12 de junio Día Mundial contra el trabajo infantil. La infancia robada

Carlos Manuel Sánchez - XL Semanal
Unos 250 millones de niños en el planeta trabajan en condiciones de semiesclavitud. Hace 14 años, el fotorreportero G. M. B. Akash decidió no mirar a otro lado e implicarse en la lucha contra esta lacra. Esta es su historia y la de sus protagonistas.
(Las fotos son de GMB Akash)
«Un cuento de terror. entrar en una de esas fábricas es un horror; bajar a uno de esos sótanos, guiarse en la oscuridad por las voces, respirar los productos químicos, los tintes y polvos de la estampación... Sientes escalofríos, a pesar de que enseguida estás sudando porque el calor es asfixiante», explica el fotógrafo G. M. B. Akash, de Bangladesh, que lleva catorce años denunciando con sus imágenes el trabajo infantil. Empezó con los ideales intactos y una frase de Helen Keller como motor espiritual para no venirse abajo: «No puedo hacerlo todo, pero puedo hacer algo». G. M. B. Akash se convirtió en un fotógrafo prestigioso, ganó el World Press, publica en los medios más importantes del mundo. Pero ese niño que fabricaba globos durante doce horas al día para que no falten globos en las fiestas de cumpleaños de nuestros hijos lo volvió del revés.

Ese niño se llama Rokib y se metía en el bolsillo algunos globos que habían sido desechados por cualquier tara que impide su exportación y se los llevaba a su hermana pequeña. «Yo no tengo tiempo de jugar. Solo tengo tiempo para mantener a mis padres», le dijo al fotógrafo. Aquella confesión inocente y casual lo sumió en una crisis. «Empecé con la fotografía porque no podía permanecer mudo ante la opresión que divide a los seres humanos. Mi deber es ir al fondo de las cosas, incluida la pobreza, el sufrimiento y las privaciones con los que me encuentro a diario, porque el único pecado de un fotógrafo es volver la cabeza y mirar a otra parte. Pero después de hablar con ese niño pensé si mis fotos habían servido para cambiar en algo la vida de aquellos a los que había retratado». Y decidió buscarlos y comprobarlo por sí mismo. Akash se dedicó durante un año a indagar sobre la gente a la que había fotografiado. Encontró a algunos. Y llegó a una conclusión descorazonadora: «Ellos le habían dado sentido a mi vida, pero sus vidas no habían cambiado. Francamente, mis denuncias no habían servido para que sus vidas fueran mejores. Sé que mi tarea se limita a mostrar la realidad, pero esa regla sencilla no traía paz a mi corazón». El día mundial contra el trabajo infantil es un buen momento para preguntarnos, como G. M. B. Akash, cuál es el alcance real de lo que estamos haciendo. Y si podemos hacer algo más por erradicar esta lacra que sigue robando la infancia de más de 250 millones de niños en el mundo, muchos a tiempo completo, por lo que no van a la escuela, convirtiéndolos en autómatas, en esclavos o, en el mejor de los casos, en adultos prematuros y tristes.

En el caso paradigmático de Bangladesh son 7,5 millones de niños (uno de cada cuatro) los que se dejan las ganas de jugar en las fábricas de juguetes, de ladrillos, de baratijas, de cigarrillos, de ropa... Sus edades: entre 5 y 15 años. Los dueños de las fábricas prefieren niños porque los pueden intimidar más fácilmente y porque les pagan bastante menos: 8 euros al mes. El salario de un obrero adulto oscila entre 29 y 57 euros mensuales. Y estamos hablando del país con el sueldo mínimo más bajo del mundo. Por eso es tan atractivo para las multinacionales, sobre todo en la industria textil. La tragedia del edificio que se derrumbó en Daca en abril, con un balance de 1127 muertos (más de la mitad eran mujeres y niños, aunque según la versión oficial se trataba de los hijos de las trabajadoras que estaban en guarderías en el mismo edificio) y que albergaba cuatro fábricas que suministraban ropa a once grandes marcas, está demasiado reciente como para desentenderse de ella. El Gobierno español ha anunciado que pedirá a las multinacionales españolas que no empleen mano de obra infantil en terceros países. Algunas empresas han firmado un acuerdo para aumentar el número de auditorías, revisar que no haya trabajo infantil o forzado, revisar salarios, mejorar las condiciones de salubridad y seguridad y animar a organizarse a una masa laboral donde solo el uno por ciento de los trabajadores están sindicados. Las grandes firmas temen el coste en su reputación de este tipo de tragedias y padecen una cierta esquizofrenia: las tensiones entre los departamentos de responsabilidad social corporativa y los de compras están a la orden del día.


Conocer a un niño de nueve años que trabaja en una fábrica de globos puede cambiarte la vida. ¡una fábrica de globos! ¿qué niño no querría estar allí? podría ser casi un cuento...
Al final, el consumidor tiene la palabra y puede ejercer presión. Pero la tentación de comprar muy barato ahoga las buenas intenciones. Además, falta por saber si serían tan buenas... «El asunto es muy complejo. Los patronos siempre me dicen lo mismo: que es mejor que los niños trabajen a que estén en la calle drogándose con pegamento», comenta Akash. Las ONG también están divididas. ¿Un boicot acabaría empeorando las condiciones de vida de aquellos a los que se pretende ayudar, pues es mejor ganar algo que nada? Pero un sindicato alemán hizo sus cálculos y mostró que el debate está viciado: duplicar el sueldo de las costureras del sudeste asiático solo incrementaría en 12 céntimos el precio de cada prenda. ¿Acaso es un coste inasumible por la industria? ¿O estamos hablando, lisa y llanamente, de avaricia?

La duda paraliza. Akash encontró su propia manera de salir de ese bloqueo. «Empecé a convivir con algunas de las familias a las que había fotografiado, a preocuparme personalmente por ellos. Empecé con la de Munna, un niño que trabajaba en una fábrica de rickshaws (una especie de bicitaxis arrastrados por personas). Hablé con el padre. Lo ayudé a montar un negocio con parte del dinero que ganó con las fotografías. Y conseguí sacar a Munna de la fábrica y que volviese al colegio. Conseguí, en fin, que las vidas de Munna y de su familia cambiasen». Desde entonces, Akash ha contribuido a financiar otra decena de pequeños proyectos: ayudar a una madre a montar su propio negocio de venta de saris, comprar una bicicleta a un joven para que pueda adquirir vegetales que luego vende en su pueblo... Cambios mínimos, pero que logran que los chicos puedan ir a la escuela. «Mire las fotos. ¿Dejaría que su hijo trabajase un solo día en un sitio como este? pregunta Akash. ¿No? Pues haga algo».

El autor de las fotos, muy recomendable su web, denuncia que al menos 10,000 personas incluyendo más de 2500 mujeres y unos 1000 niños recogen piedra y arena en el ‘Bollar Ghat’ del río Piyain en Jafflong, en Sylhet, Bangladesh. El río Mari viene de los Himalayas indios, arrastrando toneladas de piedras. El sueldo medio es de 150 taka L DÍ (unos 2 USD). Esta actividad se hace 8 meses al año, los meses de monzón se para, cada día unos 200 camiones salen cargados de piedras hacia Sylhet y alrededores.

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