7.5.12

India: el puzzle imposible de las castas.

Hoy os traigo un texto de Jesús G. Pastor que además es fotógrafo:


Klik. Kamlesh, una niña dalit de seis años, muere abrasada cuando un vecino la lanza al fuego por atreverse a utilizar el camino destinado a las castas altas.
Klak. Sridhar, un estudiante dalit de catorce años, gana una beca de estudios de la NASA con un ensayo sobre la formación de las estrellas.
Klik. 185 millones de personas sufren discriminación en la India más tradicional por ser dalits.
Klak. Un dalit fue presidente del gobierno en 1997. Un economista dalit dirige el Royal Bank. Una dalit es la presidenta de Uttar Pradesh. Un actor dalit alcanza la fama en Boollywood.

Coloco las piezas del puzzle indio sobre mi mesa. No entiendo cómo, pero las piezas encajan, aunque la imagen obtenida parece más un cuadro abstracto que el mapa de un país.
Casi 1.200 millones de personas habitan la India y los dalits, antes intocables, forman el 16% de esta población y un colectivo dividido, a su vez, en cientos de subgrupos. El caos y las gigantescas dimensiones de las urbes ayudan a diluir, parcialmente, la segregación por castas. Pero en las zonas rurales, donde vive el 70% de la población, el “y tú, ¿de quién eres?” continúa dominando las relaciones familiares y socioeconómicas.

Klik. “¿Las castas? Hoy no significan gran cosa y en veinte años la gente ni se acordará”, me explica Sangat, un empleado de banca mientras paseamos por el malecón de Bombai. “Mira, aquí vienen los amantes a ver la puesta de sol, a ser anónimos, no importa su casta ni su religión. Ah, y en esa playa besé por primera vez a mi novia, que es de otra casta…”
Klak. “¿Las castas? A veces parece que no ha cambiado nada… No podemos vivir en la misma residencia ni comer en la misma mesa que ellos. Dejé el pueblo y creí abandonar el estigma dalit para siempre”. Narendra estudia medicina en Delhi, en el All India Institute of Medical Science, un prestigioso hospital al que ha podido acceder gracias a la discriminación positiva.

El origen de todo
El sistema de castas, un sistema de clasificación social, impera en la India desde hace más de 1.500 años. Según la leyenda, los hombres nacieron de Purusha, la conciencia universal representado por un gigante. Su mente es la luna, sus ojos, el sol. Otras partes de su cuerpo dieron lugar a las castas (varnas). De su boca brotaron los brahmines, los más puros, sacerdotes y filósofos. De los hombros, los kshatriyas, políticos y militares. Los vaishyas, comerciantes y artesanos, nacieron de sus caderas. Y los trabajadores y campesinos, los shudras, de los pies. Los dalits quedan fuera, demasiado impuros para ser sus hijos.
Pero fueron las Manu Smriti, escritas posteriormente, las que especificaron la rigurosa división entre las castas. Contradiciendo algunos textos del Bhagavad Gita, la Biblia hindú, según los cuales nadie está excluido de la iluminación espiritual, las Leyes de Manu señalan a qué casta pertenece cada uno, en qué trabajar, cómo alimentarse, con quién casarse y a quién evitar. Así, se hereda el tipo de trabajo y el estadio espiritual. Los individuos que hayan seguido las actividades (karma) correspondientes a su camino (dharma) podrán reencarnarse en una casta superior.

El trabajo os hará libres
Para ascender en las reencarnaciones se asignaron a los dalits trabajos muy duros que han sobrevivido hasta hoy: limpiar letrinas, recoger basuras, incinerar cadáveres, desollar animales…
“Pero los cambios en las últimas décadas han sido increíbles”, me cuenta entusiasta Anisha Chugh, de la Fundación dalit. “Antes, en las aldeas, los dalits debían anunciar su llegada tocando un tambor y se creía que estaba contaminada hasta su sombra. Ahora algunos estudiamos en la universidad, hacemos negocios, incluso hay dalits millonarios”. En la India capitalista y económicamente triunfadora el dinero es, a falta de buena voluntad, el aceite que engrasa las bisagras del complejo sistema de castas indio.
Klik. En Agra, Hari Kishen sonríe. Nació en la calle junto a catorce hermanos. Pedaleó hasta la extenuación tirando de un ciclo-rickshaw, abrió una pequeña tienda, luego otra… Ahora es el propietario de una fábrica de zapatos, varios restaurantes y un hospital donde 25 médicos de castas altas trabajan para él y junto a médicos dalit.
Klak. En Agra, el hijo de Hari Kishen se enamoró de una chica de casta superior. Un centenar de vecinos se acercaron a su mansión para explicarle, con bates de cricket y amenazas, que la unión no era conveniente. El hijo de Hari se ha casado. Con una dalit.
El matrimonio sigue siendo la piedra angular del sistema de castas. Está cambiando en las ciudades y entre las clases medias y cada día hay más parejas que mezclan castas e incluso religiones. Pero la mayoría de los enlaces son concertados o aprobados por las familias que concretarán la dote a pagar por los parientes de la novia. Incluso portales matrimoniales como BharatMatrimony.com piden la casta antes de empezar a navegar.
“Ojo -me advierte Talema-. No pretendemos casarnos con ellos. Queremos que nos respeten, que en el pueblo no nos insulten y en la ciudad no nos discriminen al buscar alquiler o trabajo. Aquí, algunos no invitan a nuestros hijos a sus fiestas y nosotros tampoco les invitamos. Con el resto, sólo fiestas”, bromea. Talema vive en Delhi, en un bloque de apartamentos que diseñó un constructor dalit para dalits de clase media.

Vida sin castas
En Kerala, estado sureño donde reina el comunismo y la tasa de alfabetización es la más alta del país (90%), los muros de las castas son más porosos que en Bihar, uno de los estados más pobres y menos alfabetizados (54%). En las islas Andamán la mezcla étnica y los 1.000 km de distancia del subcontinente indio ayudan. Conviven bangladeshíes hindúes, comunistas de Kerala, cristianos de Goa, buscavidas de Chenai, budistas birmanos y aborígenes animistas autóctonos. “Estamos tan lejos y tan incomunicados, que hemos podido construir libres la vida en el paraíso”, comenta feliz Sajan, agnóstico, comunista y casado con una hindú.
La conversión a otra religión es, a priori, otra salida. El primero en convertirse al budismo fue el dalit Bhimrao Ramji Ambedkar, uno de los padres de la Constitución de la India independiente de 1950 (que prohíbe la discriminación por casta). En 1956, agotado de golpearse contra el muro hindú, decidió convertirse al budismo junto a miles de seguidores. Desde entonces, organizaciones católicas y budistas organizan conversiones masivas cíclicamente prometiendo la liberación.
Un miembro de la Red de Liberación dalit me explica por teléfono que la conversión es “más que un acto religioso, un grito por la dignidad humana”. Pero, aunque representan el 75% de su base, en la iglesia católica india de 156, sólo 6 obispos son dalits. Restricciones a la hora de compartir templos y cementerios con las castas altas han provocado ya, rizando el rizo, reconversiones de dalits cristianos al hinduismo. Suresh, un brahmín de Trivandrum, me aclara la utilidad de las conversiones: “Los mismos perros, distinto collar”.
Klik. El 8% de las plazas parlamentarias está reservado a líderes dalits. Se está debatiendo la propuesta de extender la discriminación positiva a universidades y sector privado.
Klak. El Ranvir Sena, un grupo de extrema derecha, promueve la supremacía brahmínica. Los Dalits Panthers of India combaten a los supremacistas.
Klik. El presupuesto público contempla planes de promoción de los dalits proporcionales a la población residente. El 16% de la India es dalit. El 6% de lo presupuestado en 2007 llegó a los dalit.
Klak. La Corte Suprema estudia reformar una ley para ampliar la discriminación positiva a los dalits musulmanes y cristianos, igualmente discriminados y sin apoyo institucional.

El último escalón


La palabra dalit significa oprimido, suprimido, despedazado e incluye a cualquiera que pertenezca a un grupo social definido, según el gobierno británico primero e indio después, como Castas Atrasadas. Antes se les llamaba intocables, descastados. Mahatma Gandhi les bautizó como hariian, “niños de dios” y fueron los dalit Panthers quienes popularizaron en los 70 el término dalit que define al grupo y, simultáneamente, denuncia su situación.
Y los más oprimidos de los oprimidos son, sin duda, los bhangis. Más de un millón de personas, en su gran mayoría mujeres, que pasan sus días limpiando letrinas. Discriminados incluso por otros dalits, están en la base de la pirámide. O, como puntualiza Meena Valkimi, de la ong Safai Karmachari Andolan, “limpiando los restos de la pirámide, pero viviendo fuera”. La cantidad de enfermedades que contraen trabajando sin protección es interminable. Saradah Kumar recuerda su primer día, hace más de veinte años: “Entonces no sabía lo resbaladiza que puede ser una fosa séptica… Y resbalé. Estuve horas vomitando y gritando y nadie me ayudó, sólo cuando llegó otro bhangi pude salir. Pasé dos días sin comer, no podía olvidar el olor y el sabor…”.
La presión de las ongs consiguió que en 1993 el gobierno prohibiera la recogida manual de excrementos. Pero aplicar una ley a través del monstruo burocrático indio, mezcla de corrupción y lentitud, es muy complicado. Y las respuestas que me dan los portavoces gubernamentales en Gujarat y Rajasthan son hilarantes. El primero niega que todavía existan bhangis, el segundo justifica el uso de letrinas secas como la solución más ecológica a la sequía.

Dalit, pobre y mujer

Según las ongs se cometen anualmente más de 120.000 delitos contra los dalits. En este sentido, el gobierno aprobó en 1989 la ley conocida como Acta para la prevención de atrocidades que prohibía específicamente desnudar a dalits en público, apropiarse de sus tierras, robar de sus pozos, manipular sus votos, quemar sus casas y obligarles a tragar orina y excrementos.
La Plataforma de los Derechos de las Mujeres dalit de la India denuncia que, cada día, tres mujeres dalit son violadas, en muchas ocasiones para castigar las “faltas” cometidas por algún familiar. “Padecemos discriminación por ser pobres, dalits y mujeres. Y tenemos que cambiar la mentalidad de las castas altas y el machismo de nuestros hombres”, lamenta Bhawari Chennaya. “Pero somos optimistas. Somos emprendedoras, participamos en la política asamblearia de los pueblos, los panchayats, conseguimos microcréditos… Todo es cuestión de paciencia y voluntad”.
En el estado de Uttar Pradesh me presentan a la familia Tajaram. Estaban enfrentados con algunos terratenientes por la propiedad de unas tierras que el gobierno les había donado. Una noche, doce hombres entraron en su casa. A él le amputaron las orejas. A ella la violaron. Las cosas en su sitio, la tierra para los de siempre. La Campaña para los Derechos Humanos de los dalits apunta otros campos de batalla: “Durante siglos se nos ha negado la propiedad y la educación. Cuando accedamos en igualdad a estos dos ámbitos, todo cambiará”.
Klik. India es el segundo país con más billonarios del mundo y el país con mayor número de pobres del mundo.
Klak. Sólo el 5% de los jóvenes dalits y el 1% de ellas siguen estudiando después de la secundaria.
Klik. Los líderes de una aldea acusan a una dalit de brujería. Le rapan la cabeza, la atan a un árbol desnuda, la golpean y la obligan a beber orina de vaca para purificarse.
Klak. En 2007 el 0,05 % de las denuncias por abusos policiales concluyó en condenas.
Klik. Divyda se ahorca con su sari, desquiciada por las burlas de sus compañeros. La llamaban devdasi, esclava de dios, un colectivo de miles de esclavas sexuales dalits a disposición de líderes religiosos.
Klak. Más de 30 millones de dalits trabajan en condiciones de esclavitud pagando deudas de sus antepasados.
Klik. Una cooperativa emplea a más de 1.000 mujeres dalit que abandonan la limpieza de lavabos para convertirse en cocineras del randani roti, una delicatessen dalit.
Klik. Klak. Klik. Klak. Klik. Klak. Coloco más piezas que se acoplan y se superponen en este puzzle imposible que es el sistema de castas indio, en este puzzle inabarcable que es la India, un país resistente a la homogeneidad occidental, un rayo de luz en el que todavía se pueden ver sin esfuerzo todos los colores y donde casi nada, casi nunca, es blanco o negro.

1 comentario:

Neogeminis dijo...

No sé qué decir...sólo que es perfecta la metáfora del puzzle.

un abrazo.